Explotación laboral del hombre no puede desaparecer

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A propósito de la superexplotación descubierta en Buenos Aires y en Equipetrol: Explotación laboral del hombre no puede desaparecer.
 

Marcelino Villarreal


La explotación del hombre en el capitalismo es la esencia de la economía, algo tan natural como el sexo entre los seres vivos. Las poses moralistas que algunos periodistas han adoptado ante el descubrimiento de bolivianos trabajando en semiesclavitud en talleres textiles clandestinos en la Argentina o muchachos en Santa Cruz, se orientan con la idea de que "cómo es posible que todavía en nuestros días exista la explotación".

Hay una confusión entre lo que es la explotación del hombre y la superexplotación o destrucción del obrero como fuerza productiva fundamental. Ambas son dos cosas distintas. Una es natural y la segunda no, la primera es necesaria y la segunda es expresión o consecuencia de la crisis profunda del capitalismo que en nuestros es barbarie en extremo.

Todos quienes no poseemos capital o medios de producción de riqueza somos explotados desde el momento en que nos presentamos a la producción para vender la fuerza de nuestros brazos, sea en las fabricas, en las empresas de construcción, de servicios o en la extracción de los recursos naturales. El conocimiento sobre manejo empresarial, tecnología, marketing, economía e incluso política, que los intelectuales venden al empresario y también al Estado, a cambio de un sueldo, viene a cumplir el papel de auxiliar, de facilitador, para ocultar, en unos casos, o mejorar, en otros, la EXPLOTACIÓN del trabajador u obrero, fuerza de trabajo que produce riqueza y hace crecer al capital del propietario o inversionista.

Un obrero es explotado siempre, porque a éste, aunque se le pague un salario que le permita comer y vestir a él y a su familia, no se le paga la totalidad del valor de lo que ha producido. La diferencia entre su salario y la totalidad del valor de las mercancías en cuya producción ha intervenido un obrero constituye la plusvalía que el empresario reclama como propiedad privada y que es la base de su riqueza. Hay quienes sostienen que esto no está lejos de ser un robo.

No importa que el obrero gane bien como para tener casa y auto, como se ha dado comúnmente en las grandes metrópolis y en Bolivia es rarísimo, igual nomás ese obrero es explotado porque, insistimos, no se le paga el total de lo que ha producido. Lo contrario significaría que el propietario no gane nada y eso liquidaría al capitalismo.

En los momentos de auge o cuando se trata de gruesos negocios y empresarios, aunque no siempre, los capitalistas no tienen problemas en ceder importantes montos de la plusvalía para mejorar la vida de sus trabajadores, siempre con el cálculo de que produzcan más. Al final lo que el empresario ceda será ínfimo con relación a lo que gane, recuperando lo otorgado a través de las triquiñuelas del mercado, la variación de los precios y la inflación monetaria. Pero, inmediatamente termine el auge, todo lo que el empresario ha cedido para el bienestar de los trabajadores es eliminado por él mismo en función de conservar y hasta aumentar su ganancia y capital. Por ejemplo, hace años, la General Motor se declaró en quiebra mediante una ley que para el efecto rige en los Estados Unidos y cerró sus fabricas en est e país para abrir otras en México y Brasil, donde fabrica autos a menor costo, paga menos a los obreros y conserva los precios de sus automotores en el mercado. Esto lo hizo no sin antes recibir una compensación económica del estado norteamericano y perdón a sus deudas con el fisco que le reportaron una ganancia billonaria. Esta movida escandalosa, es fielmente registrada en el documental "Roger and me" del cineasta estadounidense, Michael Moore.

Ahora bien, de los que somos testigos en estos días, con los obreros textiles bolivianos en Argentina y aquí mismo en Santa Cruz de la Sierra con esos jóvenes que confeccionan ropa durante doce horas al día por treinta dólares mensuales, es de la SUPEREXPLOTACIÓN. Esto último significa que el propietario, en su afán de ganar, de vender más barato, decide, de manera bárbara, dar un salario que no alcanza para que los trabajadores recuperen su fuerza de trabajo ni mantengan a su familia.

La crisis en Bolivia nos ha convertido en exportadores de esta barbarie expresada en miles que emigran para ganar unos cuantos dólares más, aunque esto signifique no tener beneficios sociales, ni derechos humanos o estar sometidos a condiciones de semiesclavitud como el caso de los que murieron en ese taller textil clandestino en Argentina. Ante esto el gobierno del MAS no tiene más respuesta que asegurarse que los bolivianos no tengan problemas en adquirir un pasaporte o residencia legal en los países a los cuales huyen en busca de empleo.

La sobreproducción de mercancías en el mercado mundial hace que los precios internacionales vayan en picada, los capitalistas y sus transnacionales cierren sus empresas para poner a salvo su capital de inversión, despidan gente en todo el mundo, busquen países donde la mano de obra sea barata o contraten menores de edad para pagar menos, o como en el caso de Francia, usen a sus gobiernos para emitir leyes que les permitan explotar más a los jóvenes aprovechando la edad, el primer empleo, pagar menos y desconocer beneficios sociales. En Estados Unidos los grandes empresarios aprovechan la condición de ilegales de los latinos para superexplotarlos bajo amenaza de repatriarlos. El mundo civilizado se dirige también a la barbarie y quienes huyen a otros países, escapando del desempleo y la superexplotación en el propio, se han puesto a salvo sólo por un poco más de tiempo.

En el desarrollo histórico del capitalismo es una norma la presencia y la convivencia de la explotación y la superexplotación, de lo legal y lo ilegal, en fin de la doble moral. Las multinacionales siempre han dividido su producción entre sus obreros en las metrópolis, a los que explotan, y los de sus colonias, a quienes superexplotan. Por ejemplo, los fabricantes de indumentarias deportivas, de ropa, de joyas, contratan niños en la India, Indonesia, países capitalistas atrasados, y les pagan menos de dos dólares al día por jornadas de diez horas por procesar las materias primas que son elaboradas como producto final por los obreros de las metrópolis que cuentan con un salario que les permite estar inmersos en el mercado del consumo masivo. Los primeros son superexplotados en tanto que los segundos sólo explota dos.

El problema con el capitalismo, que por otra parte ha entrado en franca decadencia, no es que explote al hombre, este fenómeno no puede desaparecer sin significar que la civilización retroceda. La producción y elaboración de los bienes elementales de subsistencia necesitan la explotación de la fuerza humana que es la que genera la riqueza. Lo que la crisis mundial nos plantea es que se termine esa explotación que sólo sirve para engordar a unos cuantos inversionistas y magnates que no se detienen ni en lo sagrado para seguir aumentando su bolsa.

El desarrollo de la economía y de la capacidad productiva del hombre nos plantea hoy que la explotación de la fuerza y capacidad de los hombres se dé para satisfacer plenamente las necesidades materiales de la población mundial, librándola de las desigualdades económicas, de la barbarie, el atraso y de la superexplotación que se convierte cada día en norma común y que es lo que tanto alarma a periodistas beatos como los que abundan en la prensa oficialista cruceña.

villarrealmarce@hotmail.com

Fuente: http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2006041918

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